Hoy pase por el starbucks, el del alto palermo, el unico que hay aca, creo...
Media cuadra de cola para comprarse un cafe en un vasito de ese tergopol de mierda que tanto contamina porque tarde como quinientos años en descomponerse... Pará, la idea era putear a starbucks, no asociarse a greenpiece.
Bueno, cuestion que parece que hay bastante gente dispuesta a esperar en el frio que hace para comprarse un cafe con logo (ahi va mejor)...
Encima la mayoria de la cola estaba formada por menores, estudiantes del secudario y demases gente con onda que no se si antes tomaban cafe, pero ni es el asunto...
Aunque sea un... no se. Alguien que toma cafe todos los dias.
Esto es una mierda. Tenia que reabrir este espacio para poder decirlo y move on-ear.
...
Realmente no sabia que se estaba tan en disposicion de las marcas estas. Osea, starbucks suele ser bardeada por la television y medios yanquis. No es que nos la pintaron como algo demasiado piola. Ni que traigan a... algo piola, eh... Eh? eh? Putos.
Encima el frio. Hace frio, hacia frio. No esperen ahi, vayanse. Que fue de los cafeteros?
Hubiese estado buenisimo que un cafetero se ponga a vender cafe en la fila de los que hacian fila para ir al starbucks. Aunque seguramente le iba mal. Le hubieran preguntado "pero... ¿tu vasito no tiene logo en ingles?¿como pretendes vendermelo?"
Pobres cafeteros. Yo el ultimo que vi fue el dia que tuve que esperar nueve horas para anotarme en las materias de la facu. Pero no, la burocracia del iuna probablemente este mas abajo en mi lista de cosas a putear que starbucks y sus precios. Arriba de starbucks esta la gente que va a starbucks.
Y respecto al frio: podemos, nosotros las personas, dejar de hablar del frio y el clima en general? No vemos que esto es algo que esta desde antes que nosotros? No nos viene a invadir. Dejemos de ponernos en el medio. De bien, che. No digo que hay que bancarsela sin putear, pero basta de hacer de esto un tema de converesacion. Y no me vengan con "es charla menor, para decir algo en el ascensor" porque si no hay otra cosa que decir bien se puede estar en silencio y ya.
Mejor el silencio.
Peor starbucks.
Mejor los cafeteros
Peor escribir en el blog.
30 mayo, 2008
16 mayo, 2008
Todavia sigue siendo martes
Todavía sigue siendo martes. El día empezó muy temprano. Con una ducha fría y unas tostadas empezaba a ponerme las prendas de una atareada jornada que probablemente no terminaría dentro de los límites de este día. No, no disfruto de ese quehacer constante y que, mientras se realiza, hasta puede parecer eterno. Volviéndolo a uno una poesía de un galgo que corre una liebre sin descanso y a su misma velocidad o que ya hace tiempo dejo de ver.
Sigo negándome a ver el tiempo dividido, mucho menos en días y medidas más pequeñas, pero la situación, el presente, lo fuerza a uno a travestir sus ideales, que igualmente no son más que eso: ideales. Y nada más. No hacen nada y uno pretende desvivirse por ellos.
Justamente por la razón opuesta a esto eran las ocho y media de la noche y estaba sentado en una butaca del segundo pullman de un teatro, en la ultima fila, lo mas alto que podía, donde se llegaba a ver el piano, esperando a que empiece el concierto.
Pianistas, ¿que decir de ellos? ¿Cómo no empezar a prejuiciar a cada uno de ellos como un ser obsesivo hasta la miseria y soledad que conciencia su avaro afán de quedarse con todo, de no compartir escenario, de no necesitar otro, de no aceptar derrota? ¿Cómo no hacerlo? Simplemente no lo haré. Este en particular no sería prejuzgado, será juzgado por esos pantalones anchos negros que hasta llegan a brillar un poco a la luz del teatro encendido. Será juzgado por su enorme melena en rulos que ayuda a teatralizar lo que se toca con súbitos saltos hacia atrás y ademanes hacia delante, me dije.
El primer movimiento se va, en el segundo me quedo dormido: sueño algo que pronto olvido y esforzándome con ojos cerrados vuelvo a recordar. En un siguiente momento de inmersión vuelvo a olvidar, pero aun ahora recuerdo que veía unos seres con orejas enormes y negras, usando esmoquin de cola larga, planificando o tramando algo a lo cual me dejaban de lado. Estaban al tanto de mi presencia y supongo que en base a eso conspiraban. Un tercer movimiento que empezaba a mostrarse interesante y lo que sigue no llega a quedarse en silencio. El pianista, obviamente, manteniéndose impecable y firme, parado entre el piano y el público recibiendo una ovación, llevando su pelo enrulado hacia delante, hacia bien adelante, sobrepasando los límites del escenario, para luego volver a enderezarse para salir por la puerta a la izquierda que se ubica en el fondo del escenario. El intermedio. Probablemente la razón por la cual muchos de los que están ahí asisten. Manos por doquier que sujetan apoyabrazos para ayudar a levantar a sus cuerpos dueños y ojos que buscan reconocer amistades, enemistades, miradas que no corresponden y las que sí, que por así serlo, no se las desea tanto. Una fracción del publico que se escapa del calor de la sala pidiendo tomar aire y la gran mayoría quedándose, deambulando por los pasillos, juzgándolo todo y a todos.
La pareja de mi derecha se mira y de a momentos parecen comentarse algo que cada uno sabe que no es necesario decir, se muestran cómodos y seguros. Están por si solos y no quieren otra cosa. A mi izquierda giran hacia atrás a recibir otras amistades con las que se comentan fiestas pasadas, donde alguna era una extraña y se comporto reprobablemente y como su hermano es el ser mas tierno y lleno de amor que había visto, planeando y disfrutándolo todo en su nueva relación con la hermana de la amiga de la otra.
La fila de adelante, integrada por un grupo de amigas, empieza a discutir sobre hombres mientras que una, por el calor, empieza lo que seria un extenso periodo de desvestimiento que, lamentablemente, no terminaría nunca. El concierto finalizaría primero y ella generaría las mismas acciones a la inversa para sentirse lo suficientemente abrigada y anónima como para volver a la calle y así a donde se dirigiera.
A más prendas va acomodando sobre el apoyabrazos, contra el respaldo de su asiento, debajo del mismo y sobre su cartera, mas miradas la pasean y la recorren, cada vez mas detallada y pausadamente, por donde deja mostrar piel. Hacia el final del intermedio (porque si, en algún punto sabia que seguía en un teatro, en un concierto y que faltaba la mitad del mismo) estira la cabeza y con ella toda su figura hacia delante, mostrando toda su larga espalda en una especia de movimiento ondulante, danzante, hasta arábico. Piel desde donde termina su pelo corto hacia la altura de las axilas y desde quince centímetros mas abajo hasta su ropa interior. Como sabiendo la rutina del espectáculo, termina su demostración cuando las luces ya no están tan prendidas y los hombres somos bajados a un simple teatro, en nuestras pequeñas butacas, de un tirón, desde ese olimpo de sensualidad y baba en la cual nos elevó.
La figura de negro y melena aparece por la misma puerta por la cual se había ido y, volviéndose a sentar junto al piano, se toma unos instantes con su pera casi sobre sus clavículas antes de empezar la siguiente pieza. Arranca con velocidad, muy tranquilo y muy suave. En el primer pullman, un nivel debajo de donde estoy, veo una señora vestida completamente de rojo. Casualmente se encuentra en el asiento donde más da la única luz que sigue encendida durante el espectáculo y toda la audiencia a su alrededor se ve en penumbras. Resalta con mucha fuerza y su posición es muy atenta. Con las manos abiertas y las palmas apoyadas sobre sus muslos rojos, mirando al pianista con un leve aire perfilado. Porque no mira el espectáculo, no mira el escenario, no ve un hombre con un piano. Ve al pianista, y este está dirigiéndose en esa dirección, hacia ella, empiezo a imaginar. Me hundo en la butaca viendo las distintas animosidades con las cuales él intenta provocarla con su instrumento y ella reacciona de la misma forma a la hostilidad más fuerte y a la melosidad más acariciada: permanece inmóvil, roja, increíblemente roja y bien alto. Sin dejarle a él un respiro, obligándolo a la devoción. Desde el fondo de mi asiento imagino el ritmo con el que respiran; como él va con la música intentando conmoverla, generarle el suspiro, y como ella intenta controlar la relación, ser inmune a los cambios de ritmos, de armonías y cortes, bajando sus palpitaciones cuando él sube demasiado y apurándolo cuando aquel quiere descansar.
Me enderezo sobre el respaldo y viendo, casi desde un perfil exacto, la figura del interprete con su piano me doy cuenta que no logro disfrutar algo cuando siento que no lo puedo hacer. No eso exactamente, sino que es mas una sensación de no sentirme apto a disfrutar, quizás hasta a entender, algo que no puedo orbitar e intentar con mis manos y sangre. No en forma competitiva necesariamente. Mas bien en algo mas fraternal y hasta educativo y didáctico. Veo el piano, intento seguir el movimiento de las manos y luego el mas difícil juego de dedos y no logro entregarme a ese disfrute, algo me limita.
Vuelvo a verla a ella y en la romántica fantasía del rojo contra el negro, pasan varias piezas más y el aplauso vuelve a aturdir. El intérprete se para, agradece con su ademán una, dos veces. Se va por la puerta y, como el aplauso no se detiene, vuelve al piano. El silencio parece sostener todas las manos y se escucha una pequeña obra con aires melancólicos. La mujer de rojo parece encabezar el aplauso desde su zona en el primer pullman y el pianista, así, es traído al escenario de vuelta luego en su nuevo intento de huida. Ahora quiere sorprender con lo opuesto y la reacción obtenida también es la opuesta a la que desea: su femme en rouge ahora esta de pie ovacionándolo con la frialdad con la que antes lo manejaba y un ritmo en las manos que difiere al de cualquier otro aplauso de los que están siendo producidos en la sala. Termina esclavizando al pianista, lo tiene en sus manos y él con gusto se entrega y se ofrece una vez más como interprete. Para cuando termina, su musa ya esta de pie y detrás de su butaca, donde la luz no supera una diagonal por el cuello y se la ve con un tapado marrón sobre los hombros y mirando ya a su esclavo por sobre estos, informándole que ya terminó, que puede largarse, que ya cumplió. Esta satisfecha y no lo necesita más. Váyase, si se lo necesita será vuelto a llamar.
Los aplausos se esfuman a medida que el pianista cierra la puerta por la cual dejó el escenario; cabizbajo, lento, vencido.
A las 22:20 estoy rodeando el teatro, caminando hacia la avenida Córdoba. Siento que no vengo de ningún lugar en especial, menos de un teatro y de un concierto. Siento como si hubiera aparecido repentinamente caminando por Libertad hacia la avenida sin saber tampoco porque es hacia el sur que me encamino. Miro dentro de los bares y no distingo caras, escucho distintos idiomas esperando afuera de un restaurante pero no se de donde provienen. Media cuadra antes de Córdoba veo pasar mi colectivo lentamente. Me acelero solo un instante para desalentarme y, de algún lugar desconocido y profundo, surge el impulso. Dos cuadras mas tarde estoy subiendo al 132 con calor en el pecho y en la zona baja de la espalda. Inhalo grandes bocanadas que exhalo por la nariz con fuerza y luego de sacar boleto y sentarme en el fondo sigo con esos calores tan localizados y el pulso acelerado. Recuerdo el concierto, el piano, la mujer de rojo, la mujer desvistiéndose, su espalda y un segundo en especial donde pensé algo que nunca había pensado. “Me niego a dividir el espacio en días y mucho menos en medidas mas pequeñas” y que “no puedo disfrutar lo que no puedo hacer”. Miro mis pies, mis manos, mi pecho y me asusto.
(...)
Sigo negándome a ver el tiempo dividido, mucho menos en días y medidas más pequeñas, pero la situación, el presente, lo fuerza a uno a travestir sus ideales, que igualmente no son más que eso: ideales. Y nada más. No hacen nada y uno pretende desvivirse por ellos.
Justamente por la razón opuesta a esto eran las ocho y media de la noche y estaba sentado en una butaca del segundo pullman de un teatro, en la ultima fila, lo mas alto que podía, donde se llegaba a ver el piano, esperando a que empiece el concierto.
Pianistas, ¿que decir de ellos? ¿Cómo no empezar a prejuiciar a cada uno de ellos como un ser obsesivo hasta la miseria y soledad que conciencia su avaro afán de quedarse con todo, de no compartir escenario, de no necesitar otro, de no aceptar derrota? ¿Cómo no hacerlo? Simplemente no lo haré. Este en particular no sería prejuzgado, será juzgado por esos pantalones anchos negros que hasta llegan a brillar un poco a la luz del teatro encendido. Será juzgado por su enorme melena en rulos que ayuda a teatralizar lo que se toca con súbitos saltos hacia atrás y ademanes hacia delante, me dije.
El primer movimiento se va, en el segundo me quedo dormido: sueño algo que pronto olvido y esforzándome con ojos cerrados vuelvo a recordar. En un siguiente momento de inmersión vuelvo a olvidar, pero aun ahora recuerdo que veía unos seres con orejas enormes y negras, usando esmoquin de cola larga, planificando o tramando algo a lo cual me dejaban de lado. Estaban al tanto de mi presencia y supongo que en base a eso conspiraban. Un tercer movimiento que empezaba a mostrarse interesante y lo que sigue no llega a quedarse en silencio. El pianista, obviamente, manteniéndose impecable y firme, parado entre el piano y el público recibiendo una ovación, llevando su pelo enrulado hacia delante, hacia bien adelante, sobrepasando los límites del escenario, para luego volver a enderezarse para salir por la puerta a la izquierda que se ubica en el fondo del escenario. El intermedio. Probablemente la razón por la cual muchos de los que están ahí asisten. Manos por doquier que sujetan apoyabrazos para ayudar a levantar a sus cuerpos dueños y ojos que buscan reconocer amistades, enemistades, miradas que no corresponden y las que sí, que por así serlo, no se las desea tanto. Una fracción del publico que se escapa del calor de la sala pidiendo tomar aire y la gran mayoría quedándose, deambulando por los pasillos, juzgándolo todo y a todos.
La pareja de mi derecha se mira y de a momentos parecen comentarse algo que cada uno sabe que no es necesario decir, se muestran cómodos y seguros. Están por si solos y no quieren otra cosa. A mi izquierda giran hacia atrás a recibir otras amistades con las que se comentan fiestas pasadas, donde alguna era una extraña y se comporto reprobablemente y como su hermano es el ser mas tierno y lleno de amor que había visto, planeando y disfrutándolo todo en su nueva relación con la hermana de la amiga de la otra.
La fila de adelante, integrada por un grupo de amigas, empieza a discutir sobre hombres mientras que una, por el calor, empieza lo que seria un extenso periodo de desvestimiento que, lamentablemente, no terminaría nunca. El concierto finalizaría primero y ella generaría las mismas acciones a la inversa para sentirse lo suficientemente abrigada y anónima como para volver a la calle y así a donde se dirigiera.
A más prendas va acomodando sobre el apoyabrazos, contra el respaldo de su asiento, debajo del mismo y sobre su cartera, mas miradas la pasean y la recorren, cada vez mas detallada y pausadamente, por donde deja mostrar piel. Hacia el final del intermedio (porque si, en algún punto sabia que seguía en un teatro, en un concierto y que faltaba la mitad del mismo) estira la cabeza y con ella toda su figura hacia delante, mostrando toda su larga espalda en una especia de movimiento ondulante, danzante, hasta arábico. Piel desde donde termina su pelo corto hacia la altura de las axilas y desde quince centímetros mas abajo hasta su ropa interior. Como sabiendo la rutina del espectáculo, termina su demostración cuando las luces ya no están tan prendidas y los hombres somos bajados a un simple teatro, en nuestras pequeñas butacas, de un tirón, desde ese olimpo de sensualidad y baba en la cual nos elevó.
La figura de negro y melena aparece por la misma puerta por la cual se había ido y, volviéndose a sentar junto al piano, se toma unos instantes con su pera casi sobre sus clavículas antes de empezar la siguiente pieza. Arranca con velocidad, muy tranquilo y muy suave. En el primer pullman, un nivel debajo de donde estoy, veo una señora vestida completamente de rojo. Casualmente se encuentra en el asiento donde más da la única luz que sigue encendida durante el espectáculo y toda la audiencia a su alrededor se ve en penumbras. Resalta con mucha fuerza y su posición es muy atenta. Con las manos abiertas y las palmas apoyadas sobre sus muslos rojos, mirando al pianista con un leve aire perfilado. Porque no mira el espectáculo, no mira el escenario, no ve un hombre con un piano. Ve al pianista, y este está dirigiéndose en esa dirección, hacia ella, empiezo a imaginar. Me hundo en la butaca viendo las distintas animosidades con las cuales él intenta provocarla con su instrumento y ella reacciona de la misma forma a la hostilidad más fuerte y a la melosidad más acariciada: permanece inmóvil, roja, increíblemente roja y bien alto. Sin dejarle a él un respiro, obligándolo a la devoción. Desde el fondo de mi asiento imagino el ritmo con el que respiran; como él va con la música intentando conmoverla, generarle el suspiro, y como ella intenta controlar la relación, ser inmune a los cambios de ritmos, de armonías y cortes, bajando sus palpitaciones cuando él sube demasiado y apurándolo cuando aquel quiere descansar.
Me enderezo sobre el respaldo y viendo, casi desde un perfil exacto, la figura del interprete con su piano me doy cuenta que no logro disfrutar algo cuando siento que no lo puedo hacer. No eso exactamente, sino que es mas una sensación de no sentirme apto a disfrutar, quizás hasta a entender, algo que no puedo orbitar e intentar con mis manos y sangre. No en forma competitiva necesariamente. Mas bien en algo mas fraternal y hasta educativo y didáctico. Veo el piano, intento seguir el movimiento de las manos y luego el mas difícil juego de dedos y no logro entregarme a ese disfrute, algo me limita.
Vuelvo a verla a ella y en la romántica fantasía del rojo contra el negro, pasan varias piezas más y el aplauso vuelve a aturdir. El intérprete se para, agradece con su ademán una, dos veces. Se va por la puerta y, como el aplauso no se detiene, vuelve al piano. El silencio parece sostener todas las manos y se escucha una pequeña obra con aires melancólicos. La mujer de rojo parece encabezar el aplauso desde su zona en el primer pullman y el pianista, así, es traído al escenario de vuelta luego en su nuevo intento de huida. Ahora quiere sorprender con lo opuesto y la reacción obtenida también es la opuesta a la que desea: su femme en rouge ahora esta de pie ovacionándolo con la frialdad con la que antes lo manejaba y un ritmo en las manos que difiere al de cualquier otro aplauso de los que están siendo producidos en la sala. Termina esclavizando al pianista, lo tiene en sus manos y él con gusto se entrega y se ofrece una vez más como interprete. Para cuando termina, su musa ya esta de pie y detrás de su butaca, donde la luz no supera una diagonal por el cuello y se la ve con un tapado marrón sobre los hombros y mirando ya a su esclavo por sobre estos, informándole que ya terminó, que puede largarse, que ya cumplió. Esta satisfecha y no lo necesita más. Váyase, si se lo necesita será vuelto a llamar.
Los aplausos se esfuman a medida que el pianista cierra la puerta por la cual dejó el escenario; cabizbajo, lento, vencido.
A las 22:20 estoy rodeando el teatro, caminando hacia la avenida Córdoba. Siento que no vengo de ningún lugar en especial, menos de un teatro y de un concierto. Siento como si hubiera aparecido repentinamente caminando por Libertad hacia la avenida sin saber tampoco porque es hacia el sur que me encamino. Miro dentro de los bares y no distingo caras, escucho distintos idiomas esperando afuera de un restaurante pero no se de donde provienen. Media cuadra antes de Córdoba veo pasar mi colectivo lentamente. Me acelero solo un instante para desalentarme y, de algún lugar desconocido y profundo, surge el impulso. Dos cuadras mas tarde estoy subiendo al 132 con calor en el pecho y en la zona baja de la espalda. Inhalo grandes bocanadas que exhalo por la nariz con fuerza y luego de sacar boleto y sentarme en el fondo sigo con esos calores tan localizados y el pulso acelerado. Recuerdo el concierto, el piano, la mujer de rojo, la mujer desvistiéndose, su espalda y un segundo en especial donde pensé algo que nunca había pensado. “Me niego a dividir el espacio en días y mucho menos en medidas mas pequeñas” y que “no puedo disfrutar lo que no puedo hacer”. Miro mis pies, mis manos, mi pecho y me asusto.
(...)
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19 abril, 2008
"Mi filosofía de A a la B y de B a la A"
u a a o e a u a
o a i a e e o a
o a e a i a i a
i a a o o u e a
i a a a o a a e
o e a a a a u a
i e a a a a e a
o a i a e e o a
o a a a a i a a
o a a a a a u a
o a u i e e i a
i e a a a e a e
o e e i a o a e
o a i a e e o a
o o o e u e o a
i a a e o a u a
o a a o o a i e
i e i a e u e a
u e o a a i e i
Un payaso en la luna
Flor marchita en el ojal
con la cena sin sal, sin mar
sí, allá los globos vuelan
sí, allá las cosas caen
volver allá para jugar?
vine acá para crear!
Flor marchita en el ojal
con la cara mal pintada
no hay nada para burlar
no hay quien se ría
vine para alejarme
volver sería cobarde.
Flor marchita en el ojal
con colores que no hay
sí, allá ellos abundan
no, acá solo hay grises
vine sin saber que hay
y vuelvo para divertir.
o a i a e e o a
o a e a i a i a
i a a o o u e a
i a a a o a a e
o e a a a a u a
i e a a a a e a
o a i a e e o a
o a a a a i a a
o a a a a a u a
o a u i e e i a
i e a a a e a e
o e e i a o a e
o a i a e e o a
o o o e u e o a
i a a e o a u a
o a a o o a i e
i e i a e u e a
u e o a a i e i
Un payaso en la luna
Flor marchita en el ojal
con la cena sin sal, sin mar
sí, allá los globos vuelan
sí, allá las cosas caen
volver allá para jugar?
vine acá para crear!
Flor marchita en el ojal
con la cara mal pintada
no hay nada para burlar
no hay quien se ría
vine para alejarme
volver sería cobarde.
Flor marchita en el ojal
con colores que no hay
sí, allá ellos abundan
no, acá solo hay grises
vine sin saber que hay
y vuelvo para divertir.
Cenicero
Ay, haceme un cenicero,
pero rapido, eh,
la ceniza, uh, que ya cae,
las sabanas, ay,
con agujeros.
Se cayó.
Tz, para qué lo quiero ahora?
No fumo más, eh,
el humo, uh, me asfixia,
oh, te toso en la cara
y vos
con un cenicero,
tus ojos cerrados,
sonrisa forzada.
Ay, haceme un cenicero,
no te tapes, eh,
bajo la sabana,
que te sigo viendo, eh,
entre los agujeros.
pero rapido, eh,
la ceniza, uh, que ya cae,
las sabanas, ay,
con agujeros.
Se cayó.
Tz, para qué lo quiero ahora?
No fumo más, eh,
el humo, uh, me asfixia,
oh, te toso en la cara
y vos
con un cenicero,
tus ojos cerrados,
sonrisa forzada.
Ay, haceme un cenicero,
no te tapes, eh,
bajo la sabana,
que te sigo viendo, eh,
entre los agujeros.
(mierda de blogger que no me respeta los espacios)
25 febrero, 2008
A un amigo
En el momento en que el cansancio se volvió dolor de cabeza, pude anticipar el insomnio. En un instante comprimí lo que vendría: un buen rato frente a luces, pantallas y demases saturadores visuales, los diferentes amagues a ir a la cama, acostarse: ir al baño por diferentes cosas, desvestirse, comer algo, ir al baño, tomar algo, dar una última vuelta y por ultimo rendirse a la horizontalidad de la cama.
Soltaría mi cuerpo en el aire, dejándole el resto del trabajo a la gravedad, para aumentar el espíritu dramático que la noche adelantaba. Estaría casi desnudo, metiéndome bajo la sabana y el acolchado. Intentaría, completamente en vano, dormir boca arriba. Me sentiría vulnerable, una sensación de debilidad en la garganta extendida me irritaría. Luego giraría hacia un lado. Más probablemente hacia mi izquierda. La almohada no brindaría suficiente apoyo a mi cabeza. Miraría las líneas rojas que forman la hora en la pantalla del reloj y empezaría a hacer cuentas sobre cuántas horas sería conveniente dormir, a qué hora sería mejor despertar, cuál sería la hora máxima para levantarse de la cama, a qué hora tendría que realmente dormirme y postergar el insomnio para que la ecuación cierre con el término que faltaba: cuántas horas quiero, pretendo, convienen, dormir. Las cuentas estarían a mi favor, todavía. Lamentaría justificar el insomnio de esta forma. De repente la temperatura corporal pasa a notarse, hace calor, me incomodo. Giro hacia la derecha media vuelta y pateo hasta librar mis cobijas del colchón y poder sacar las piernas afuera. Vuelvo a girar hacia la izquierda enroscándome en el acolchado, flexionando las rodillas. Cierto frío ataca las plantas de los pies “pero es pasajero, ya pasa, ya se acostumbra” y así es. Ahora, algo estúpido: intento ponerme boca abajo y conciliar el sueño. Algo, la almohada, mi cuello, mi cabeza, mi columna vertebral siguen interponiéndose. Mas incomodo no puedo estar: se siente como si dormir de esa forma fuera ahogarse entre sueños, ya no volver a despertar.
Se recuerda el tema de los sueños. ¿Qué vendrá a golpear la puerta de aquella pantalla esta noche? ¿O quién? Se gira a la izquierda hasta estar boca arriba y antes de poder empezar a diferenciar figuras (malditas retinas dilatándose) giro a la derecha. Sigo enroscado al acolchado pero algo me molesta en las piernas: la sabana. Lo dudo: ¿valdrá la pena o mejor intentar dormir así? El proseguir: lo de siempre, convencerse de intentar dormir así, que esta incomodidad se la lleve el sueño, para luego afrontar lo obvio, que seria patalear hacia arriba empujando la sabana hacia el borde de la cama. El acolchado que vuela también, pero se atrapa y vuelve a ser ahorcado por los muslos desnudos.
Ahora mas cómodo me incomodo pensando en los sueños, aquellos sueños de pocos minutos que me levantarían en un rato muy corto completamente despierto y despavilado, dejándome varias horas sin dormir, obligándome a pararme, eventualmente, y, obviamente, a pasar y parar por el baño, por la cocina, con sus respectivas luces blancas y el dolor de ojo al afrontar aquellos destellos. Siento los dedos presionando los interruptores, como verdugos de mis propias retinas, aun cuando se que están en el aire, con las manos, flotando fuera de la cama. De repente concientizo esto y me molestan. Vuelvo los brazos hacia mi pecho, entrando las manos a la superficie del colchón, me siento comprimido, el calor ataca de vuelta, cierta sensación pegajosa invade mi tacto. Giro media vuelta hacia la izquierda y siento todo mi brazo sobre los abdominales laterales. La sensación pegajosa de vuelta, y esta vez baja. Baja hacia los muslos y luego las piernas y termina en la sensación fría de los pies flotando fuera de la cama. Por alguna razón, casi (estúpidamente) poética, se confía en el hecho de tener los pies fuera del colchón como ayudante del sueño, como relajante, como imagen de la descontracción más desinhibida… y se ve la mañana entrante, la luz entre los agujeros de la persiana, el reloj marcando un horario adelantado, haberse quedado dormido, soñando, esperando no ser despertado pero convenciéndose de que sí, de que eso falto para poder cumplir los horarios. Y no es eso: cierro los ojos. Me doy cuenta que antes los tenía abiertos. ¿Pretendía dormir con los ojos abiertos? Los cierro.
Dejo de hacer fuerza para cerrarlos y se abren un poco, cierta luz logra entrar, y así no voy a poder dormirme. Presiono las pestañas, presiono demasiado: así no voy a poder dormirme. Basta, ¿que horas serán? No quiero ver. Veo. No paso demasiado tiempo. Tropiezo de vuelta con la piedra que dice “todavía hay tiempo de dormir una cantidad de horas razonables y levantarse en un buen horario de mañana”. El insomnio me abraza desde atrás, me hace cucharita y por todos los poros de mi espalda, de mi piel, me penetra y sigo despierto, ya sin la menor intención de quedarme dormido mágicamente en un instante, de despertar al día siguiente con una serie de sueños cómicamente anecdóticos. Los sueños. Cual volverá hoy? Siempre lo mismo, los mismos sueños recurrentes. Muchos dirían que son las mismas preocupaciones las que recurren. A veces los personajes cambian, las charlas, las sensaciones y hasta el escenario, el fondo. Todo el sueño es distinto, pero se siente el mismo, repitiéndose. Es una sensación general, como una actitud que no se si vendrá aportada por el soñador o por el personaje protagonista del sueño. En cualquiera de los dos casos, la mayoria de las veces, suelo ser yo mismo. Yo mismo quién siento que estoy en alguno de esos sueños que se repiten, que ahora siento mi brazo sudando sobre mis riñones. Siento que mi piel y carne se están fusionando volviendo uno y cierro fuerte los ojos. El dolor de cabeza nunca cedió pero recién ahora se hace notar creciente pero aun parejo. Más ojos cerrándose con fuerza, mas cuero cabelludo presionando grasiento contra la incomoda e insuficiente almohada, la frente que se arruga, la boca intentar abrirse, mostrarse distinta, mostrarse, en fin, y termina por apretar las muelas. “De esta forma, haciendo tanta fuerza, nunca me voy a dormir”. En algún momento me voy a tener que dormir. Eso decía madre, como para tranquilizarme o callarme o mantenerme acostado, en el cuarto. Estoy acostado, eso es. Necesito levantarme. Lo previsto: me levanto rápido mostrándome que en algún punto todo el intento previo a dormir fue insulso, un engaño, y siento mi cabeza llena de un liquido que, ahora sentado, con la cabeza quieta, choca contra mi cráneo violentando la marea. Una escollera que frenando este mar me lastima en el centro de la frente y sigue hacia atrás, hacia la nuca. Me siento duro, mi cuello parece rígido, irrompible, y en el intento se oyen huesos sonando como quebrándose entre ellos. Me paro y permanezco unos segundos parado junto a la cama pensando si debo o no prender la luz. Los ojos ruegan piedad pero los dedos de los pies empiezan a quejarse como adelantando un golpe con algo. Ruegan con que no sea contra el marco de la puerta. Logro salir del cuarto y me dirijo al baño donde prendo la luz y me enceguezco y aumento el dolor que ya se propaga por las sienes. Me miro en el espejo fijamente y luego me dispongo a orinar. No sentía la necesidad y por eso tarda un poco en salir el mínimo chorro que ensucia el agua del inodoro solo un poco, lo suficiente como para tener que botarla, cambiarla. Me quedo viendo la sensación de suciedad, de gratitud, de calor que mi simple imagen me devuelve y salgo apagando la luz y volviéndome a tirar en la cama. Giro hacia algún lado y el hambre.
Esta vez no trato de esconder nada y cedo rápidamente. Me encuentro parado de vuelta y esta vez le hago caso a los pies: prendo la luz. Los ojos ven que tan grabe no era y camino hacia la cocina, empezando a distinguir formas y distancias gracias a la luz que proviene de mis espaldas, del cuarto e imagino mi cara y mi frente completamente oscuro, negro, homogéneo. En la cocina abro alacenas y heladeras sin encontrar lo que busco para saciar la sensación de hambre, pero sin buscar realmente. Repito la acción, esta vez haciendo un mínimo esfuerzo en encontrar algo por medio de una leve búsqueda. Los resultados son los mismos y termino la escena tomando agua de la canilla antes y después de comer dos rodajas de pan integral.
Camino hacia mi cuarto, esta vez la luz esta de frente y me imagino flaco, desnutrido, sin ropa, sucio, con las costillas casi afuera y sin grasa corporal, con ojeras, mechones de pelo parados con su propia grasa y mientras articulo muñecas, rodillas, cuello, tobillos y codos escucho los huesos chasquir sin ritmo alguno, sin nada mas que una sensación de desagrado para conmigo y con el que podría verme caminar encorbado hacia la cama. Llego y la gravedad me vuelve a tirar hacia abajo, haciéndome rebotar un mínimo contra el colchón, siguiendo el ritmo dramático que la noche me demuestra. Reboto y me imagino haciéndolo en cámara lenta, tardando eternidades en volver a tocar el colchón con todo mi cuerpo al mismo tiempo.
Miro el reloj, las estúpidas franjas rojas que me condenan el día de mañana, pero con él al insomnio, que pierde tamaño al enterarse que no me quedan tantas horas de sueño.
¿O sí? El insomnio me abraza más fuerte y me dice al oído que su diversión sucede justamente aquí: cuando empieza a hacerse tarde y las horas de sueño se van esfumando como mi transpiración y aliento. Maldigo al reloj y aprieto los parpados de vuelta. Cierro los puños, estiro las piernas, muevo los brazos y uno choca suavemente con la pared. Se relaja, cae y sigo su caída eterna con la conciencia. Al estabilizarse en el colchón vuelvo a sentirme incomodo: el codo me presiona el abdomen y me dispongo a dormirme.
Intento conseguir mantener los ojos cerrados sin hacer esfuerzo, me vuelvo a enroscar en el acolchado y giro hacia mi izquierda, mis manos tratan de mantenerse dentro del colchón y una insita a la otra a refugiarse bajo la almohada. Trato de hacer sonar el cuello por última vez y pienso en dormir, en que debo dormir, que tengo que descansar. Me enojo conmigo e intento de vuelta pensar en dormir sin llegar a estresarme con esos “debo” y “tengo”. Pienso en dormir hasta que pienso que no debo pensar en dormir, que no debo pensar, siquiera, que ese debe ser el secreto de dormir, que la neurosis no me esta dejando ver, no me deja dormir. El insomnio que me suelta demostrándome que él soy yo mismo. Allí, lo peor, me abraza desde adentro mío. Se estira y se reparte por cada músculo, tejido y célula de mi cuerpo. Se siente a gusto, mi cuerpo es su talla perfecta.
Mis ojos se abren miedosos a ver la hora y lamentándome recuerdo cuando el cansancio se volvió dolor, cuando aquel dolor insomnio y cuando aquella idea de las próximas horas se volvió pasado de este instante en donde me ruego aquel segundo de descanso y tranquilidad que me logre dormir por esta noche.
Soltaría mi cuerpo en el aire, dejándole el resto del trabajo a la gravedad, para aumentar el espíritu dramático que la noche adelantaba. Estaría casi desnudo, metiéndome bajo la sabana y el acolchado. Intentaría, completamente en vano, dormir boca arriba. Me sentiría vulnerable, una sensación de debilidad en la garganta extendida me irritaría. Luego giraría hacia un lado. Más probablemente hacia mi izquierda. La almohada no brindaría suficiente apoyo a mi cabeza. Miraría las líneas rojas que forman la hora en la pantalla del reloj y empezaría a hacer cuentas sobre cuántas horas sería conveniente dormir, a qué hora sería mejor despertar, cuál sería la hora máxima para levantarse de la cama, a qué hora tendría que realmente dormirme y postergar el insomnio para que la ecuación cierre con el término que faltaba: cuántas horas quiero, pretendo, convienen, dormir. Las cuentas estarían a mi favor, todavía. Lamentaría justificar el insomnio de esta forma. De repente la temperatura corporal pasa a notarse, hace calor, me incomodo. Giro hacia la derecha media vuelta y pateo hasta librar mis cobijas del colchón y poder sacar las piernas afuera. Vuelvo a girar hacia la izquierda enroscándome en el acolchado, flexionando las rodillas. Cierto frío ataca las plantas de los pies “pero es pasajero, ya pasa, ya se acostumbra” y así es. Ahora, algo estúpido: intento ponerme boca abajo y conciliar el sueño. Algo, la almohada, mi cuello, mi cabeza, mi columna vertebral siguen interponiéndose. Mas incomodo no puedo estar: se siente como si dormir de esa forma fuera ahogarse entre sueños, ya no volver a despertar.
Se recuerda el tema de los sueños. ¿Qué vendrá a golpear la puerta de aquella pantalla esta noche? ¿O quién? Se gira a la izquierda hasta estar boca arriba y antes de poder empezar a diferenciar figuras (malditas retinas dilatándose) giro a la derecha. Sigo enroscado al acolchado pero algo me molesta en las piernas: la sabana. Lo dudo: ¿valdrá la pena o mejor intentar dormir así? El proseguir: lo de siempre, convencerse de intentar dormir así, que esta incomodidad se la lleve el sueño, para luego afrontar lo obvio, que seria patalear hacia arriba empujando la sabana hacia el borde de la cama. El acolchado que vuela también, pero se atrapa y vuelve a ser ahorcado por los muslos desnudos.
Ahora mas cómodo me incomodo pensando en los sueños, aquellos sueños de pocos minutos que me levantarían en un rato muy corto completamente despierto y despavilado, dejándome varias horas sin dormir, obligándome a pararme, eventualmente, y, obviamente, a pasar y parar por el baño, por la cocina, con sus respectivas luces blancas y el dolor de ojo al afrontar aquellos destellos. Siento los dedos presionando los interruptores, como verdugos de mis propias retinas, aun cuando se que están en el aire, con las manos, flotando fuera de la cama. De repente concientizo esto y me molestan. Vuelvo los brazos hacia mi pecho, entrando las manos a la superficie del colchón, me siento comprimido, el calor ataca de vuelta, cierta sensación pegajosa invade mi tacto. Giro media vuelta hacia la izquierda y siento todo mi brazo sobre los abdominales laterales. La sensación pegajosa de vuelta, y esta vez baja. Baja hacia los muslos y luego las piernas y termina en la sensación fría de los pies flotando fuera de la cama. Por alguna razón, casi (estúpidamente) poética, se confía en el hecho de tener los pies fuera del colchón como ayudante del sueño, como relajante, como imagen de la descontracción más desinhibida… y se ve la mañana entrante, la luz entre los agujeros de la persiana, el reloj marcando un horario adelantado, haberse quedado dormido, soñando, esperando no ser despertado pero convenciéndose de que sí, de que eso falto para poder cumplir los horarios. Y no es eso: cierro los ojos. Me doy cuenta que antes los tenía abiertos. ¿Pretendía dormir con los ojos abiertos? Los cierro.
Dejo de hacer fuerza para cerrarlos y se abren un poco, cierta luz logra entrar, y así no voy a poder dormirme. Presiono las pestañas, presiono demasiado: así no voy a poder dormirme. Basta, ¿que horas serán? No quiero ver. Veo. No paso demasiado tiempo. Tropiezo de vuelta con la piedra que dice “todavía hay tiempo de dormir una cantidad de horas razonables y levantarse en un buen horario de mañana”. El insomnio me abraza desde atrás, me hace cucharita y por todos los poros de mi espalda, de mi piel, me penetra y sigo despierto, ya sin la menor intención de quedarme dormido mágicamente en un instante, de despertar al día siguiente con una serie de sueños cómicamente anecdóticos. Los sueños. Cual volverá hoy? Siempre lo mismo, los mismos sueños recurrentes. Muchos dirían que son las mismas preocupaciones las que recurren. A veces los personajes cambian, las charlas, las sensaciones y hasta el escenario, el fondo. Todo el sueño es distinto, pero se siente el mismo, repitiéndose. Es una sensación general, como una actitud que no se si vendrá aportada por el soñador o por el personaje protagonista del sueño. En cualquiera de los dos casos, la mayoria de las veces, suelo ser yo mismo. Yo mismo quién siento que estoy en alguno de esos sueños que se repiten, que ahora siento mi brazo sudando sobre mis riñones. Siento que mi piel y carne se están fusionando volviendo uno y cierro fuerte los ojos. El dolor de cabeza nunca cedió pero recién ahora se hace notar creciente pero aun parejo. Más ojos cerrándose con fuerza, mas cuero cabelludo presionando grasiento contra la incomoda e insuficiente almohada, la frente que se arruga, la boca intentar abrirse, mostrarse distinta, mostrarse, en fin, y termina por apretar las muelas. “De esta forma, haciendo tanta fuerza, nunca me voy a dormir”. En algún momento me voy a tener que dormir. Eso decía madre, como para tranquilizarme o callarme o mantenerme acostado, en el cuarto. Estoy acostado, eso es. Necesito levantarme. Lo previsto: me levanto rápido mostrándome que en algún punto todo el intento previo a dormir fue insulso, un engaño, y siento mi cabeza llena de un liquido que, ahora sentado, con la cabeza quieta, choca contra mi cráneo violentando la marea. Una escollera que frenando este mar me lastima en el centro de la frente y sigue hacia atrás, hacia la nuca. Me siento duro, mi cuello parece rígido, irrompible, y en el intento se oyen huesos sonando como quebrándose entre ellos. Me paro y permanezco unos segundos parado junto a la cama pensando si debo o no prender la luz. Los ojos ruegan piedad pero los dedos de los pies empiezan a quejarse como adelantando un golpe con algo. Ruegan con que no sea contra el marco de la puerta. Logro salir del cuarto y me dirijo al baño donde prendo la luz y me enceguezco y aumento el dolor que ya se propaga por las sienes. Me miro en el espejo fijamente y luego me dispongo a orinar. No sentía la necesidad y por eso tarda un poco en salir el mínimo chorro que ensucia el agua del inodoro solo un poco, lo suficiente como para tener que botarla, cambiarla. Me quedo viendo la sensación de suciedad, de gratitud, de calor que mi simple imagen me devuelve y salgo apagando la luz y volviéndome a tirar en la cama. Giro hacia algún lado y el hambre.
Esta vez no trato de esconder nada y cedo rápidamente. Me encuentro parado de vuelta y esta vez le hago caso a los pies: prendo la luz. Los ojos ven que tan grabe no era y camino hacia la cocina, empezando a distinguir formas y distancias gracias a la luz que proviene de mis espaldas, del cuarto e imagino mi cara y mi frente completamente oscuro, negro, homogéneo. En la cocina abro alacenas y heladeras sin encontrar lo que busco para saciar la sensación de hambre, pero sin buscar realmente. Repito la acción, esta vez haciendo un mínimo esfuerzo en encontrar algo por medio de una leve búsqueda. Los resultados son los mismos y termino la escena tomando agua de la canilla antes y después de comer dos rodajas de pan integral.
Camino hacia mi cuarto, esta vez la luz esta de frente y me imagino flaco, desnutrido, sin ropa, sucio, con las costillas casi afuera y sin grasa corporal, con ojeras, mechones de pelo parados con su propia grasa y mientras articulo muñecas, rodillas, cuello, tobillos y codos escucho los huesos chasquir sin ritmo alguno, sin nada mas que una sensación de desagrado para conmigo y con el que podría verme caminar encorbado hacia la cama. Llego y la gravedad me vuelve a tirar hacia abajo, haciéndome rebotar un mínimo contra el colchón, siguiendo el ritmo dramático que la noche me demuestra. Reboto y me imagino haciéndolo en cámara lenta, tardando eternidades en volver a tocar el colchón con todo mi cuerpo al mismo tiempo.
Miro el reloj, las estúpidas franjas rojas que me condenan el día de mañana, pero con él al insomnio, que pierde tamaño al enterarse que no me quedan tantas horas de sueño.
¿O sí? El insomnio me abraza más fuerte y me dice al oído que su diversión sucede justamente aquí: cuando empieza a hacerse tarde y las horas de sueño se van esfumando como mi transpiración y aliento. Maldigo al reloj y aprieto los parpados de vuelta. Cierro los puños, estiro las piernas, muevo los brazos y uno choca suavemente con la pared. Se relaja, cae y sigo su caída eterna con la conciencia. Al estabilizarse en el colchón vuelvo a sentirme incomodo: el codo me presiona el abdomen y me dispongo a dormirme.
Intento conseguir mantener los ojos cerrados sin hacer esfuerzo, me vuelvo a enroscar en el acolchado y giro hacia mi izquierda, mis manos tratan de mantenerse dentro del colchón y una insita a la otra a refugiarse bajo la almohada. Trato de hacer sonar el cuello por última vez y pienso en dormir, en que debo dormir, que tengo que descansar. Me enojo conmigo e intento de vuelta pensar en dormir sin llegar a estresarme con esos “debo” y “tengo”. Pienso en dormir hasta que pienso que no debo pensar en dormir, que no debo pensar, siquiera, que ese debe ser el secreto de dormir, que la neurosis no me esta dejando ver, no me deja dormir. El insomnio que me suelta demostrándome que él soy yo mismo. Allí, lo peor, me abraza desde adentro mío. Se estira y se reparte por cada músculo, tejido y célula de mi cuerpo. Se siente a gusto, mi cuerpo es su talla perfecta.
Mis ojos se abren miedosos a ver la hora y lamentándome recuerdo cuando el cansancio se volvió dolor, cuando aquel dolor insomnio y cuando aquella idea de las próximas horas se volvió pasado de este instante en donde me ruego aquel segundo de descanso y tranquilidad que me logre dormir por esta noche.
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